Llega un punto en la vida de cada persona, generalmente a partir de los 30 años, en el que el sistema lo fagocita poco a poco, sin notarlo, hasta que queda inmerso en la frustración de ver cómo se le va la vida trabajando, recibiendo una pírrica recompensa mientras trata de escapar a su realidad a través de todo lo que el mismo sistema le brinda para enajenarse, así sea por un instante, del cada vez más desolador paisaje. Y en medio del proceso de digestión que le va haciendo ese sistema a cada persona, las reacciones son tan diferentes en su forma pero a la vez tan iguales en su cometido, que cuesta distinguir si el objeto final es, para todos los casos, una forma más de acelerar el proceso de su propia muerte.
Entre los hábitos más adictivos están las redes sociales, hogueras de las vanidades para quienes publican, para quienes siguen, incluso para aquellos que, en silencio, solo se limitan a ver cómo, página tras página, aumentan su rabia al ver que hay otro mundo que es como el Elysium cinematográfico y al cual nunca, por más que se esfuercen, podrán acceder. Cómo mientras el evangelista de Facebook pide más diezmo para comprar su jet privado, él se cuestiona cómo es que, por más que ore, por más honesto que sea, a lo único que podrá aspirar es a que en una vida eterna acabe el sufrimiento y empiece el gozo de vivir. Pero, ¿es que acaso nadie se da cuenta que hay gente muerta en vida porque se quedó sin nada, desposeída, abandonada, sin ganas de vivir? Gente que clama una mezcla de justicia y venganza mientras ve cómo todo pareciera estar de parte del estafador, del ladrón, mientras sus sueños terminan mutando en las más horrendas pesadillas.
Cada vez que veo las redes sociales, pienso lo mismo. Retumban los ecos de los opulentos en los oídos y las mentes de quienes reventamos trabajando por unas monedas que, cada vez, alcanzan para menos, mientras los acaparadores de siempre sigue engordando y disfrutando de placeres que ni en el más optimista de los escenarios alguien del común pudiera disfrutar. Y así, perdidos en el ciberespacio, nos vamos drogando con los deseos de cosas imposibles mientras la realidad nos estalla en la cara, recordándonos que el Conjunto Clásico tenía y sigue teniendo toda la razón. «Vive la vida / como la debes de vivir / y nunca intentes subir / donde no puedes subir».