Todo empezó en 1992. En ese año (y viviendo una situación muy traumática en la que yo mismo me metí por necedad adolescente) el colegio distrital en el cual estudiaba recibía a una nueva profesora, joven por demás, quien se encargaría de dictar clase a los muchachos de noveno, décimo y once. Para darle más volumen a su rol de maestra, su asignatura era matemáticas. En un juego de palabras, nos referimos a ella hasta el momento de nuestra graduación como «La Buena»; era simple y llanamente una alusión a su atractiva figura y a su peculiar belleza, resultado del mestizaje latinoamericano que ha arrojado mujeres a mitad de camino entre humanas y diosas. Esta última parte es importante para entender el devenir de su historia.
De carácter recio y de trato difícil con los adolescentes calenturientos que la rodeábamos, muchas veces se impuso hablando y mirando fuerte no solo a sus alumnos (a los que tenía que aplacar para que ocuparan su lugar, ¡quién se aguanta la intensidad de un adolescente que es un hervidero hormonal!) sino a algunos de sus compañeros de trabajo, que en más de una ocasión le hablaron de forma subida de tono. Al año siguiente de conocerla, de tenerla como maestra (su primer año fue difícil debido a que era blanco de las lascivas miradas de sus discentes merced a su sensual forma de vestir en armonía con su innegable atractivo físico) tuve que sufrirla como directora de curso. Sí, me tenía entre ojos. Y no precisamente de una buena forma, sino que era casi como Pepón tenía entre ojos a don Camilo. Ella sabía que yo era un estudiante destacado y (en medio de la atorrancia que me dio saberme en la parte alta de la tabla de desempeño académico) cada clase era una suerte de batalla campal en la que ella se empeñaba en mostrar su dominio no solamente de su saber, sino del manejo de grupo, mismo que se rompía con uno de los acostumbrados discursos sarcásticos que realizaba para abordar alguna duda sobre la clase y que, con los ojos inyectados de sangre, buscaba resolver sin caer en la provocación que causaba el doble sentido de las palabras dichas. Ese año (1993) fue mi mejor año académicamente hablando. Y habiendo podido recibir una beca para finalizar mi bachillerato, se la otorgó a una compañera de curso, deportista destacada, que fue expulsada del colegio por un muy bajo rendimiento académico. En concordancia con su carácter, se negó a cambiar al beneficiario de la beca, dejando que se convirtiera en un saludo a la bandera ya que nadie la recibió.
A veces me pregunto si ese golpe al ego afectó mi rendimiento académico al año siguiente, que no fue precisamente el mejor (casi pierdo undécimo), pero que terminó salvado por un inesperado primer lugar en las pruebas de estado. En la fiesta de despedida de los bachilleres de esa promoción, la profesora de matemáticas no fue. Seguramente estaba al cuerno de sus compañeros, de sus alumnos, de todos los hombres que la rodeábamos. Y como era la última vez que veríamos al cuerpo docente en pleno, no supimos qué ocurrió con ella. Finalicé ese año (1994) en un mar de alcohol, por una inexperiencia adolescente que me cobró caro el intento de tener un tímido romance con una chica de otro colegio. Y la profesora de matemáticas y trigonometría quedó en el recuerdo de todos los compañeros de clases, hombres y mujeres, como una figura que despertó el instinto más básico de muchos de nosotros.
Tiempo después, mientras compartía un café con quien fuera mi profesora de filosofía, me contó de ella. Su vida sentimental se había hecho pedazos por una traición a manos del único hombre con quien había sido amorosa y dulce, y decidió mandar todo al carajo, abrazando los hábitos de monja y llevando una serie de votos de clausura, los cuales al parecer cumplió a cabalidad. Gracias a las redes sociales encontré su perfil, y es increíble que se vea como cuando empezó a dictar clases, a pesar de que han pasado 30 años. Cuando empecé a escribir esta entrada, mencionaba lo importante de que pareciera estar a mitad de camino entre lo divino y lo profano. Decepcionada del mundo, como el Dragón Celeste, emperador del reino de Han, al notar que el mundo visto a través de las pinturas de Wang-Fo no era lo que él soñaba, decidió darle la espalda y extender sus brazos hacia la divina figura de la que, con la fe del carbonero, no tendría que esperar una mentira, una traición, un desengaño. Y seguramente buscando emular al protagonista del cuento de Marguerite Yourcenar, decidió invertir su tiempo en aprender a reproducir, a través de un pincel, las formas de todos esos santos que abrazó como guía. Y se ve feliz, y tal vez sea esa misma felicidad la que le puso pausa al paso del tiempo y hace que su rostro luzca como hace 3 décadas, cuando irrumpió en un aula de clase atiborrada de impetuosos adolescentes a impartir conocimiento en una ciencia pura.