(Antes de iniciar a escribir este post, pensaba en algo que la persona a quien va dirigido me ha dicho muchas veces. Entonces me surgió la pregunta: ¿cómo narrar la vida de otra persona sin que esto se convierta en el resumen de las experiencias vividas con ésta? Al ir creando el borrador, empecé a tener ideas, enfoques, algunas sugerencias narrativas. Y bueno, este fue el resultado)

Creo que en la vida de todos existe una clase de personas que, querámoslo o no, terminamos coincidiendo de forma más o menos constante. Algunos, podríamos decir que de forma negativa, nos desafían abiertamente, hablan mal, se burlan, porque algo de nosotros no les agrada. Otros, de forma positiva, nos desafían en privado, nos defienden cuando no estamos, nos demuestran su cariño y admiración a través de hechos concretos. Y hoy escribiré sobre una persona por la cual guardo mucha admiración, de forma silente y muy respetuosa.
Hablar de esta persona es casi como hablar de un hermano; empezamos estudios de secundaria en el mismo colegio y nos terminamos graduando el mismo año, del mismo curso. Esta convivencia casi que constante me dejó entrever a una persona tremendamente madura para su edad. Durante esos años de colegio siempre se distinguió, al menos a mi parecer, en tres cosas. La primera es que era un outsider. En esos años yo no conocía el término, pero sí lo que implicaba. No actuaba ante las compañeras de colegio de la forma en la que muchos lo hacíamos (lo que le llevó a construir lazos de amistad con casi todas nuestras compañeras de clase); no escuchaba la misma emisora que el resto de sus amigos escuchaba sino que, además de prestarle atención a lo que los locutores narraban, lo replicaba a sus amigos de curso contando de forma entusiasta lo que había sido transmitido por su emisora favorita. Además de ello, era tremendamente responsable. Aún hoy lo sigue siendo. En un grupo de adolescentes más bien procuradores de ciertos placeres hedonistas, él se hizo siempre al margen. Bueno, casi siempre. Y él se procuró buscar cumplir, entregar a tiempo, solucionar los retos que la academia nos daba en esos años.
La segunda cosa por la que lo recuerdo es su tremenda reserva con su «espacio personal». Mientras la casa de mis padres fue la guarida ideal para realizar trabajos de colegio, jugar banquitas en un espacio proyectado para ser sala comedor en el que no había un solo mueble y, además, ser centro de tertulias adolescentes, su casa era un lugar casi místico. En una urbanización donde todas las casas se veían iguales, la casa donde él vivió esos años con sus abuelos y su madre se distinguía por un pequeño farolito con un caracter chino, ubicado en reemplazo del desabrido aplique de roseta que tenían las demás casas como iluminación de entrada. La compañía de sus abuelos maternos y las reservas de su parte en lo que respectaba a recibir visitas llevó a que, durante casi seis años, solo en una ocasión pudiera entrar a su cuarto. Esa única vez pude ver de cerca gran parte de sus aficiones: el basketball (tenía un afiche enorme de Michael Jordan en una de las dos aguas del techo de su cuarto), la música (en esa época le gustaba escuchar rap, además de lo que fue para él la inmersión en el rock progresivo, de la mano de Pink Floyd) y una cantidad de elementos como carritos a escala, muñecos de juguete y demás, cuidadosamente ubicados en una mesa de noche y en una suerte de closet, sobre los cuales me advirtió no tocar ninguno. Y ahí me di cuenta, también, de su recelo. Cada cosa tenía un sitio, cada sitio tenía alguna cosa. Y era un lugar cuyo decorado fue diseñado por y para él, para poder sentirse tranquilo, a gusto, y eso en últimas es lo que cada persona busca. Que su casa, su cuarto, sea su pequeño reino; un sitio donde el ambiente refleje esas cosas y actividades que despierten sus más altos ideales.
Finalmente, la tercera fue la más contundente. Y cada vez que lo pienso, creo que esa habilidad fue la que lo terminó elevando hasta el lugar que hoy ocupa. Esa habilidad es la capacidad de decir mucho con muy, muy poco. Una de las actividades de nuestro último año como compañeros de clase fue definir lo que significaba para cada uno el bachillerato. Entre escritos altamente inspirados pero insípidos, las habituales salidas de doble sentido de varios compañeros hombres y las almibaradamente bucólicas reflexiones de las compañeras de clase, la de él la recuerdo como si me la acabara de recitar (ni siquiera recuerdo lo que yo escribí, seguramente fue una basura grandilocuente):
«Analizando la palabra «bachillerato», para tratar de entender lo que significa, concluyo que está armada así:
Ba: suena como la conjugación del verbo ir.
Chiller: Como chillar.
Ato: Apócope de «harto».
En resumen, si no apruebas el bachillerato, vas a chillar harto».
¿Cómo una persona podría ser capaz de decir tanto (y además tan gracioso) con tan pocas palabras? Sobre sus habilidades de composición literaria podría escribir al menos un par de anécdotas más, pero esta… esta me dejó sorprendido desde ese día y hasta hoy. Cada vez que recuerdo eso, me convenzo de que nació con la habilidad divina de la multiplicación; la capacidad de hacer mucho con muy poco. En todos los aspectos de su vida. No tuvo la presencia de un padre, pero es uno excelente. No tuvo graduación en su profesión, pero no la necesitó para ser uno de los mejores. No tuvo grandes historias de amor, desengaño, despecho, pero logró construir lo más parecido a un cuento de hadas con su pareja (a quien tengo la fortuna de haber tratado en un par de ocasiones, una persona estupenda). Desafió incluso el mito de que había que estudiar algo que diera plata y prefirió estudiar algo que lo hiciera feliz. ¡Y vaya que prosperó luego de luchar por ello!
A pesar de las enormes diferencias que desde siempre hemos tenido, ha sabido cómo decirme las cosas que le desagradan para que reflexione sobre ellas. Y seguramente así es con sus subalternos, con sus compañeros de trabajo, con su hija. Cada vez que pienso en él, sonrío. Porque tengo la buena fortuna de contar con un amigo que está cuando debe estar y sabe cómo debe estar. Pero además, porque me hizo el regalo más grande que un amigo pudiera hacerme: me hizo sentir que sí valía la pena ser como soy. Y eso no voy a tener cómo pagárselo.