1992: un año oscuro (4ta. parte)

«Un día descubrí
Que empezaba a crecer
Sentí, lloré y creí
De pronto fui un varón
Que no tenía mujer
Y quise poderla conseguir
Qué tonto fui
Se rio de mí
Y que iba a hacer
Me reí también
«
«Dime quién me lo robó» – Sui Géneris (1972)

En la primera parte de esta serie de entregas había mencionado los desastres que, físicamente, me estaba haciendo la llegada de la pubertad; lo que no mencioné fueron los efectos emocionales que esto también me estaba causando. En medio de ese paso de la niñez a la adolescencia (y en esa época de la historia, particularmente), las expectativas de lo que un adolescente tempranero pudiera creer que es un noviazgo son más a lo Candy Candy que a lo «Sexual Education». Así, en medio de esa mezcla de inocencia y curiosidad morbosa, el año anterior había decidido probar suerte declarando mis intenciones a quien era en ese momento la chica más linda del salón. El rechazo no se hizo esperar: me superaba en estatura, era bastante más popular y, además, me llevaba un año más de edad. Sobra decir que, al intentar una vez más, la negativa fue más contundente. Bueno, en 1992 esa chica se convirtió en la novia de uno de los «vaselinos» del curso en el que yo estaba; sobre esta pareja circularon una enorme cantidad de chismes de corredor de todo tipo (hasta llegaron a mencionar un aborto), de los cuales fui un escucha absorto, que no podía dar crédito a lo que escuchaba. Aún hoy sigo creyendo que solo fueron comentarios malintencionados de gente sin oficio.

Mientras tanto, como si no fuera poco, ese año llegaron de otras partes del país, a cada curso, un par de compañeras nuevas, cuyo paso por el colegio duró tanto como el año académico. Como reza el refrán, cuando la vida nos da «unas de cal y otras de arena», en principio (o al menos eso creía) a mí me tocó la primera y a mis amigos del 901, la segunda. Y justo con esta novel compañera es que empieza a enredarse mi historia, que me dejó lecciones de vida enormes, mismas que a la fecha no olvido.
La protagonista de esta historia, a quien llamaré «Bruna», venía de la costa atlántica. La otra, a quien llamaré «Noraima», venía (si mal no recuerdo) de Santander. Mientras la primera trataba de acoplarse a un ambiente más bien hostil, la segunda aterrizaba bastante bien con un curso en el que no pasaban mayores cosas. De la misma forma, el encanto físico era inversamente proporcional a sus maneras. La primera, poco agraciada, tenía en ese momento una forma de ser bastante agradable y muy diplomática; la segunda, tal vez por efecto de su lugar original de crianza, era más bien de trato brusco, lo que contrastaba con su encanto físico. Y como ocurre en cualquier colegio, de cualquier estrato (o al menos, en esa época), las «mini-tribus» que se forman en los salones definen gran parte de lo que sería el desempeño bivalente (académico y social) y sobre todo, de cuál sería el rol que cada grupito tuviera en la ocurrencia de los ataques de los matoncitos de curso como fuera. Mientras yo no hacía parte de ninguna «mini-tribu», «Bruna» aterrizaba con un par de compañeras más que, al igual que a ella, el resto del curso aislaba por no ser como su contraparte: otras tres chicas que tenían un atractivo físico innegable, pero con las cuales nadie se metía porque ellas eran novias de muchachos de un curso superior. Como veleta, iba a estudiar a donde me indicaran, ya que era incapaz de formar parte de un grupo de estudio y las compañeras que me tocaron de forma obligatoria, lo eran por el orden alfabético de los apellidos. Así, en unos cursos terminé haciendo trabajos con «Connie» y en otros, con «Bruna».

En una de esas sesiones y producto de la cercanía entre los dos, terminé dando mi primer beso. Lejos de ser un beso que fuera desabrido, cada uno de los dos lo disfrutó y, mientras cada uno se encendía solo con esa muestra de afecto, empezó a surgir que esas señales de afecto ya desbordaban las salas de las casas de cada uno; nunca fueron de alcoba, pero sí eran lo más parecido a un candoroso amor adolescente, el cual tuvo un efecto no deseado en el curso.

En el argot de los años ’90, cuando alguien hablaba de «balsear», a lo que se refería era a lo que hoy llaman «bullying»: un trato de burla hacia una o más personas, en función de alguna característica particular como su apariencia física, su desempeño académico o (incluso) su forma de vestir. En algunos casos iba incluso a la burla hacia quien acompañase a la víctima y es ahí, justo ahí, donde la propia inmadurez por una parte, y la inadecuada forma de defenderse de un ataque verbal por otra, terminó desencadenando una tormenta que hizo muy incómoda mi relación en ambos aspectos (académico y social) con «Bruna» de ahí en adelante. Un día, luego de realizar uno de los trabajos que debíamos entregar y después de haber almorzado en su casa, salimos al colegio (valga la pena anotar que ella, su mamá y su hermano vivían en arriendo en una casa del mismo barrio donde estaba ubicado el colegio) y luego de la estrecha vigilancia de su mamá durante esa sesión de estudio, salimos tomados de la mano, camino al colegio. En ese recorrido aparecieron los «vaselinos» y empezaron a decirnos a ambos cosas bastante desobligantes; en una reacción que fue más producto de la estupidez, solté la mano de ella, lo que hizo que las burlas arreciaran y ellos, sabedores de haber conseguido su objetivo, se fueron en un mar de carcajadas hacia el colegio, mientras yo veía como a «Bruna» los ojos se le inyectaban de sangre por la ira mientras me decía:
– «Edwin, ¿es que yo te doy pena? ¿Andar conmigo así te da pena?»

No supe qué decirle y, mientras me daba una cátedra de lo que implicaba ser la pareja de una chica, mi rostro no habría podido ponerse más rojo; era la vergüenza por haber sido incapaz de hablar duro, el bloqueo que me causó no poder decir nada al respecto porque no tenía cómo justificar esa reacción pero, sobre todo, dejarme llevar por un grupo de malandrines que se solazaban con sus burlas hacia los demás, obviando un principio fundamental: a quien uno escoja como pareja amorosa es porque le gusta A UNO, no se consigue novia para complacer a los demás. Pero de ahí en adelante y con el daño ya hecho, recibí mi castigo: ya no podría seguir haciendo más trabajos en grupo con ella y, en mi inmadurez, no me disculpé como debía. Estaba sufriendo por el daño que le había hecho, pero tampoco sabía cómo pedirle perdón. Y el resto del año, como canica de pin-ball, estuve rodando por una parte y otra porque incluso mi propio salón me tenía resistencia.

Ya había llorado a causa del sentimiento de soledad; ya me había dado la espalda el grupo académico en el que me encontraba. No podría regresar con mis amigos hasta el año siguiente y en medio del advenimiento de las ideaciones suicidas, se vino el cumpleaños del colegio. Eran 20 años que habían pasado desde su fundación y, para el mes de septiembre, se programaron varias actividades para festejarlo, mismas que en este momento no es menester recordar. En una de esas actividades artísticas (lideradas por los alumnos de undécimo grado) aproveché para estar en compañía de mis amigos, antiguos compañeros de curso durante octavo, quienes estaban en compañía silente de «Noraima». Mientras ellos hablaban trivialidades, en un momento en que logré llamar su atención, batí el récord de desencanto al hacerle una pregunta que, muchos años después, entendí que (aunque sea una señal de alarma) es algo que no se le dice a alguien con quien no se tiene confianza:
– «Noraima», ¿qué harías si yo muriera mañana?
Por primera vez en mi vida vi la cara de fastidio en una mujer, seguida de un giro en el cual me dio la espalda. En mi corto entender, no sabía qué había hecho mal, hasta que un amigo me transmitió lo que «Noraima» le había dicho:
– Güevón, no sé qué fue lo que más incomodó a «Noraima», si su abrupta forma de abordarla o la pregunta tan estúpida que le hizo. Literalmente, ella me dijo «¿a mí qué me importa si se muere hoy, mañana, pasado? Antes le hace al mundo un favor si deja de andar de dramático»

Ni siquiera yo sabía lo que me estaba ocurriendo (tardé años en ser diagnosticado con trastorno de ansiedad, luego de dos intentos de suicidio, ambos fallidos) y con la poca atención que estaba recibiendo por parte de mi familia, terminó apareciendo el último ingrediente en esta historia: mi muy temprana adicción al alcohol.

Y esta historia continuará.

Publicado por eamorenom

Un observador de su entorno, cronista de comedor, apasionado por la música y la literatura.

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