Una tarde terrible, en medio de una cantidad de situaciones agobiantes. De pronto, una invitación a salir, de parte de una amiga de infancia quien ha pasado (y vivido) una cantidad de situaciones, inmerecidas las dolorosas, justificadas las gozosas, solo por tener el placer de compartir tiempo con alguien que pueda (y sepa) escucharla.

Dos días antes, fue la invitación a almorzar de otro amigo de infancia, exitoso en su carrera, justo y ecuánime en su vida personal, sabio y empático para decir las cosas. En ambos momentos (y lo admito) sentí vergüenza por no poder aportar a la cuenta de ambas salidas. La respuesta de ambos fue la misma: «ha sido un placer poder invitarlo». ¿Dónde está, entonces, la causa de mi vergüenza?

Después de haber estado soportando injustos señalamientos por parte de personas muy malintencionadas durante mis épocas de estudiante de pregrado, puedo decir que quedé con el reflejo de no aceptar invitaciones en las que no pudiera pagar la cuenta. Es terrible cuando te señala, incluso, de ser un «muerto de hambre» por pasar una situación económica difícil. Aprendí, por ejemplo, que una invitación, una ayuda, algo que uno pueda hacer por un amigo, debe olvidarse y dejarse guardado en el baúl más recóndito del corazón. Y jamás en la vida echar en cara algo que se haya hecho por alguien: un favor es una muestra de amor, no una patente de corso para reprochar en medio de una discusión.

Ambos, en una afirmación coincidente, me han dejado una frase que me ha martillado la cabeza: «no has cambiado». Claro, no se refieren a la apariencia física (los kilos de más y el cabello de menos es muy notorio) sino a la forma de ser. Y si lo dicen personas que me conocen hace más de 25 años… algo de razón han de tener. Pero claro, en ambos casos se han referido a cosas positivas: ambos coincidieron en que muchos «defectos de personalidad» han menguado. Los 40 años terminaron siendo la ventana que deja entrever mejor la madurez de este individuo. Y tener amigos así, que cuando te tienen que hablar duro lo hacen y cuando te tienen que exaltar las cosas buenas también, es de esa clase de cosas de valor incalculable pero que no se pueden tasar en dinero.

Publicado por eamorenom

Un observador de su entorno, cronista de comedor, apasionado por la música y la literatura.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar